Miedo a perder el trabajo: qué es el “job hugging” y por qué cada vez más empleados buscan pasar bajo el radar

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El temor a quedarse sin empleo lleva a muchos trabajadores a asumir tareas adicionales, evitar conflictos y adoptar conductas destinadas a conservar su puesto. En Argentina, el fenómeno conocido como job hugging refleja cómo la incertidumbre laboral puede impactar también en la salud emocional.

El miedo a perder el trabajo se convirtió en una preocupación cada vez más presente entre los trabajadores argentinos. De acuerdo con un relevamiento realizado por el sitio de empleos Bumeran, ocho de cada diez empleados en Argentina aseguran que les preocupa quedarse sin trabajo.

En ese contexto aparece el concepto de “job hugging”, una expresión que puede traducirse como “aferrarse al empleo” y que describe aquellas conductas mediante las cuales los trabajadores buscan conservar su puesto ante un escenario de incertidumbre laboral.

Entre quienes sienten ese temor, el 38% reconoce que llega a realizar más tareas de las que le corresponden como una manera de proteger su empleo.

La preocupación no necesariamente surge porque exista una amenaza concreta de despido. En muchos casos, alcanza con observar despidos, reducción de personal o dificultades económicas en otras empresas o sectores para que aparezca la sensación de que el propio puesto también podría estar en riesgo.

El cerebro entra en estado de alerta

Consultada sobre el impacto psicológico de esta situación, la licenciada Sol Rivera explicó, en el programa Viva La Mañana, que el trabajo no representa únicamente una fuente de ingresos, sino que también cumple funciones relacionadas con el sentido y el propósito personal.

“Cuando socialmente empiezan a ocurrir situaciones en donde determinados espacios sociales se ven con despidos masivos, con falta de productividad, con esta tendencia a la baja en el empleo, nuestro cerebro entra en alarma”, señaló.

Según explicó, aunque una persona tenga su puesto estable y no existan indicios concretos de que vaya a perderlo, puede aparecer el razonamiento de que, si otras personas fueron despedidas, a ella también podría sucederle.

Esto genera un estado de alerta permanente que puede traducirse en estrés, irritabilidad, preocupación y ansiedad.

Rivera sostuvo además que los pensamientos sobre situaciones futuras pueden provocar reacciones emocionales similares a las que aparecerían si aquello que se teme estuviera ocurriendo efectivamente.

“Cuando nosotros pensamos que eso nos puede pasar, para nuestro cerebro ya casi que es una realidad”, explicó.

Pensar constantemente en el peor escenario

Uno de los mecanismos que puede aparecer en estos casos es la construcción de escenarios catastróficos: anticipar el peor resultado posible y comenzar a actuar como si fuera inevitable.

“Accionar desde esa peor escena lo único que nos hace es vivir una carrera donde el disfrute, el propósito, el sentido, el compartir, el bajar la velocidad del día a día, quedan eliminados”, explicó la especialista.

De esta manera, el temor a perder el empleo puede llevar a algunas personas a trabajar de más, asumir responsabilidades que no les corresponden o evitar determinadas situaciones por miedo a llamar la atención negativamente.

La especialista también advirtió que permanecer durante períodos prolongados en un estado de alerta puede repercutir tanto en la salud emocional como física.

Volver al presente

Frente a este tipo de preocupaciones, Rivera planteó la importancia de distinguir entre aquello que efectivamente está ocurriendo y aquello que solamente se está anticipando.

“El miedo es una emoción que nos dirige al futuro. Cuando yo tengo miedo a que pase algo, mi mente está mucho más en lo que puede pasar y que todavía no pasó”, explicó.

Por eso, recomendó intentar regresar al presente y conectar con aquello que efectivamente está sucediendo en el momento.

La especialista propuso incluso utilizar los sentidos como una herramienta sencilla para recuperar esa conexión con el presente: prestar atención a los sonidos, aromas, sabores o sensaciones cotidianas en lugar de permanecer concentrados permanentemente en escenarios futuros.

“Traernos siempre es desde los cinco sentidos”, sostuvo.

¿Cuánto tiempo y energía consume un problema que todavía no ocurrió?

Rivera también planteó una pregunta sobre el costo emocional de anticiparse constantemente a situaciones que quizás nunca sucedan.

Si un hecho finalmente ocurre, explicó, habrá que afrontarlo cuando llegue. Pero si nunca ocurre, la persona puede haber pasado meses o incluso años sufriendo por una posibilidad que finalmente no se concretó.

En ese sentido, remarcó la importancia de preguntarse cuánto impacto se quiere permitir que tenga una situación que todavía no existe y que puede estar alimentada principalmente por el miedo.

Finalmente, la licenciada destacó la necesidad de revisar las prioridades personales y preguntarse “¿para qué?”.

Según explicó, muchas personas dicen priorizar su salud, sus vínculos, sus hijos o el disfrute de la vida, pero luego sus acciones cotidianas no necesariamente reflejan esas prioridades.

“Volver a priorizar lo que sabemos que es más fundamental, que somos nosotros, nuestra salud, nuestros vínculos, eso se da en el día a día, no se da pensando en el futuro de manera constante”, concluyó.

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